Estado civil

Fue hace pocos días que estuvimos hablando con mi novio acerca del tema, ya que falta poco para que nos casemos.

Habituado a esta altura a mi extrema sinceridad y posturas poco usuales, le dije que para mi el estar soltero, y sin pareja, es un estado más que ideal.

La soltería tiene demasiada mala fama, y como las cosas que suelen tener mala fama, pueden ser muy divertidas.

Realmente no intento repudiar ningún estado civil; ni caigo en el patetismo de las que dicen odiar tener novio, como si eso las hiciera superiores, ni de las que creen que solo se puede ser feliz estando en pareja.

Creo que la receta la encuentra cada una. En lo único que sí creo es en el respetarse a si misma y no arrastrar la dignidad en pos de estar con alguien a cualquier precio.

Claro que no siempre pensé así, pero casi 10 años de estar sin pareja me llevaron desde una primera angustia y desolación post separación a un pleno descubrir la verdadera alegría que implicaba el estar con nadie más que mi misma, sentir esa libertad plena de cada día, esa paz de vivir sola, elegir mis acciones, salir con quien quería y viajar.

Por supuesto esos años me encontraron transitando mis veinte y pico e iniciando los 30, en plenitud laboral y económica, con departamento propio y billetera dispuesta para gastar, factores poco menores.

Cada historia con un hombre se daba en el marco de una aventurita pasajera, un encuentro menor y salvo un par que me conquistaron y dejaron, el resto no pasó a ser más que un simple entretenimiento.

En esos años mis amistades fueron cambiando y evolucionando; sin embargo una gran parte de mis amigas aún siguen estando, y vivimos esos años acompañándonos  ya sea llorando por algún tipo, consolándonos por alguna pérdida,  pasando juntas un sábado a la noche, sacándonos el teléfono para no caer en la tentación de llamar a ese hijo de puta, despertándonos de día muertas de risa en algún lugar olvidable, año tras año.

Con el tiempo noté que mis aires de libertad estaban bien llevados por un cinismo creciente hacia las relaciones estables, y fue nada menos que en una relación casual que encontré al amor de mi vida.

Ni el ni yo esperábamos enamorarnos ni teníamos ese tipo de expectativas en general, no solo el uno respecto al otro.

Pero el control de los tiempos, de las libertades y de la voluntad esta vez cedieron y el cinismo se transformó en una incipiente confianza.

Las primeras reglas de “Venís un rato y te vas” fueron cediendo tras el paso de las horas. Con el tiempo no nos quedó otra que admitir que eramos novios.

Y después qué?

La posible convivencia con mi novio no era un objetivo para mi como para muchas chicas sino más bien un temor al que no quería enfrentar, y por el contrario, lo postergaba bastante.

Qué iba a hacer con un hombre dando vueltas por mi departamento, con el que me iba a chocar (??) , y lo peor de todo, con quien debía compartir placards y cajones?

Fui clara desde el principio: esto me va a costar y quiero que sepas que me voy a sentir asfixiada. No me voy a poder estirar en la cama como yo quiero y yo a la noche ceno galletitas y coca light. No esperes que cocine, mi heladera solo tiene queso light y agua de la canilla, y yo salgo con mis amigas mucho.

Finalmente la convivencia no tuvo un comienzo ni tan difícil ni tan asfixiante. Más seguido que lo que querría reconocer, terminaba extrañando su perfume si viajaba y sus comidas caseras.

Las galletitas Express no parecían tan ricas cuando él cocinaba y me convertí en una de esas repudiables novias que usan la camisa del novio en su ausencia.

Somos animales de costumbre, dice la frase. Estamos predeterminados a perpetuar la especie, dice otra corriente.

Sea cual sea la teoría que más cierre, un buen día alguien se transforma en imprescindible y toma el control de tus ganas, se vuelve la elección preferida de tus libertades y ocupa gran parte del tiempo de tus pensamientos.

Sigo desconfiada pero siempre me gustó apostar, así que elijo celebrar el fin de mi soltería en breve, que no es más que un acto simbólico de una nueva etapa. Nada cambia más que lo que cambia la cabeza y lo que cada uno le otorga al acto en si.

Y allí una vez más estarán mis amigas, las de siempre, que me acompañaron en el cinismo, en la desconfianza, en los temores, en la esperanza y en los inicios de nuevas aventuras.

 

 

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